Lo que el tren se llevó

El ex Ferrocarril Provincial unía pueblos bonaerenses que apostaban al progreso y que hoy apenas sobreviven. Las viejas estaciones -muchas derruidas y algunas rescatadas del olvido- perduran como ambiguo símbolo de una historia de esplendor y de ocaso

Desde la estación platense Meridiano V -17 y 71- hasta 300 kilómetros hacia el centro este de nuestra provincia se asoma la trocha angosta del Ferrocarril Provincial, el que llegaba a Azul, a Olavarría y, con un desvío en Beguerie, a Mirapampa, en el límite con La Pampa. Algunas de las viejas vías quedaron enterradas, otras fueron levantadas y las que cada tanto salpican la traza se adivinan bajo espesos pastizales. Esas frías barras metálicas y los durmientes que zafaron, por milagro, de la tentación ajena, son el testimonio de una época en la que un largo cordón de pequeños pueblos apostó al futuro. Con la desaparición del legendario servicio -que este año hubiera cumplido el siglo de inaugurado- se derrocharon cientos de fuentes de trabajo y se apagaron las ansias de crecimiento de una veintena de comunidades.

Después de cincuenta años del ir y venir de un tren con pasajeros y con materia prima e industrializada que le imprimía un ritmo particular al mercado de una vasta región, sobre el final de los ´60 una política de Estado decidió borrar esos ramales del mapa bonaerense. Un poco antes, con el cierre del servicio de pasajeros -1961- la desactivación definitiva ya había mostrado sus señales.

El extenso terraplén que marca la antigua ruta férrea con destino final en Azul y en Olavarría es una guía que nos lleva a los pueblos donde alguna vez funcionó una estación. Alineados a un costado del asfalto, a unos pocos kilómetros de transitados corredores viales y perdidos entre la polvareda o el barro -según los días- de precarios caminos de tierra, se dispersan poblados que si no murieron, agonizan. Con sus escasos habitantes aferrados al lugar que los vio crecer, en esa planicie verde profundo, los vecinos no reniegan de la escasez de medios ni de una rutina que no ofrece más que emplearse como peón en una estancia, atender un pequeño comercio, ir al baile del club los sábados a la noche o, los más chicos, cumplir con la educación primaria.

Etcheverry, Obligado, Samborombón, Loma Verde, Udaondo, Goyeneche, Berra, Los Eucaliptus, Funke, Beguerie, Larre, La Reforma, Blaquier, El Trigo, Estrugamou, Velloso, Covello, Campodónico y Ariel. Algunas estaciones se convirtieron en centros comunales o educativos, o en el hogar de la viuda de un ferroviario que mantiene la construcción intacta, con el clásico mobiliario de los tiempos en que los pasajeros acudían al lugar para subirse al tren. El resto fueron absorbidas por la actividad rural que las pasó por encima, se ocuparon con intrusos que las hicieron suyas y, quizás por miedo, evitan que se acerque la gente interesada en ese pasado o, castigadas por el deterioro de un tiempo que las ignoró, son ruinas. Es muy poco lo que se preserva de aquella arquitectura ferroviaria.

ETCHEVERRY AYER

El primero de los pueblos saliendo desde la ex Estación Provincial de La Plata -hoy remozado centro cultural que rescata con diversas actividades la memoria del viejo ferrocarril- es Angel Etcheverry. Muy cerca del casco urbano de la capital provincial, la localidad platense, fundada hace una centuria justamente con la llegada del primer tren, no perdió del todo la esencia de aquellos días de la primera mitad del siglo pasado.

A la estación, devenida en sede de la delegación municipal, no llega desde hace cuarenta años la esperada formación cargada de ganado, tambores de leche e insumos agrícolas que se comercializaban en la zona; no suena el silbato que marcaba rigurosamente la hora para los vecinos. Tampoco llegan desde lejanos lugares los jóvenes que se instalaban en el pueblo porque el lugar era tierra que prometía progreso. Lo que permanece de aquellos días es el relato, contado en primera persona, de algunos paisanos que entregaron parte de su vida al tren.

Con 53 años en Etcheverry, 25 de labor controlando el estado de las vías, a la intemperie y sin esquivarle al frío o la lluvia torrencial, Angel Acosta habla con nostalgia de las ruidosas locomotoras que se detenían puntuales en la estación. "Entré en los ferrocarriles el 7 de julio de 1956 -recuerda con memoria fiel-. Me ocupé del mantenimiento de los rieles primero, después estuve 10 años en los talleres de Los Hornos, y a los 57 años, sin ya nada que hacer, me jubilé". La desaparición del tren fue progresiva. Primero dejó de pasar el de pasajeros; después se canceló el carguero. "De un día para el otro no vimos más ninguno", cuenta el hombre con una resignación asumida ya hace mucho tiempo.

Cincuenta años atrás, la zona era básicamente ganadera. Se criaban vacas y se producían leche y sus derivados. A pocos metros de la estación, hoy un descampado, estaba la "feria", una suerte de mercado de Liniers local que se llenaba de hacienda los días fijados para la llegada del ferrocarril.

Cuando Eledonio Enciso, oriundo de una provincia del norte argentino, se instaló en Etcheverry, todavía pasaba el carguero. El buscaba, sobre los finales de la década del 50, "una vida mejor". Era, por entonces, un pibe: "alcancé a agarrar la última parte de la historia; después laburé en las quintas; y ahora hago cualquier cosa, lo que salga, albañil, changas".

La línea férrea sigue y entre pueblo y pueblo se repite como un sinfín el mismo paisaje. Los chicos, de guardapolvo blanco, recién salidos de la escuela, corren y se empujan sobre los rieles oxidados. No hay peligro, porque el tren, se sabe, no va a pasar. Las vacas pastan a centímetros de las vías, también sin riesgos. Y en el medio de una soledad que parece infinita algún hombre mayor, jubilado hace años, gasta el tiempo conversando con un vecino.

En Obligado, la ex estación es un prolijo centro educativo -el CEPT N° 18-. Y para la gente del paraje del municipio de Brandsen, el reciclado edilicio ha servido a un fin comunitario. "Por lo menos -destaca un paisano- lo utilizan para algo útil". A no ser por las estaciones, ya casi no existen elementos vinculados a la vida del ramal del Provincial, pero en Obligado quedan vestigios del antiguo ferrocarril. El tanque de agua que alimentaba el sistema a vapor de la máquina, un molino, y el galpón de acopio de cereales conviven con unas pocas y viejas casas.
"ERA UNA FIESTA"

Pasando Samborombón, donde el terraplén está dentro de un campo privado y lo que era la estación se usa como vivienda familiar, se llega, después de unos kilómetros de tierra, a Loma Verde, un pueblo del partido de General Paz -con cabecera en Ranchos- que sobrevive a la época de gloria en que la vida de sus habitantes -hoy no más de mil- giraba en torno al servicio ferroviario.

Aunque también en este caso la ex estación sirve a buenos propósitos (un jardín de infantes y un polideportivo municipal) los que viven en Loma Verde añoran el tren. "Cuando llegaba venía gente de todos lados y los de acá hacían cargar la hacienda, la leche y los quesos que elaboraban para venderlos en las grandes ciudades. Era una fiesta", evoca Mario Debaño, al frente del club Los Merinos, un bar donde los sábados hay bailes familiares y en las tardes las mujeres juegan al chinchón y los hombres al truco o al mus mientras toman caña o ginebra. No se quejan del aislamiento. "Acá hay agua corriente, gas natural y hasta colegio secundario", destaca orgulloso el pulpero del pueblo.

Mimí González, de 82 años, mantiene impecable la estación Gobernador Udaondo, en el partido de Cañuelas. Tan como en los viejos tiempos se presenta el lugar que los fines de semana es la atracción turística de la zona. Cuando su marido, Roberto González, jefe de la estación, la compró al ferrocarril que la estaba desactivando, se convirtió en el hogar de la familia. Ella, viuda hace años y con hijos y nietos crecidos, conserva como si fueran valiosas joyas la boletería, el viejo telégrafo, el maletero, los carteles originales y hasta la campana, que retira y coloca según aparecen los visitantes por miedo a que alguien se la lleve.

A Goyeneche -San Miguel del Monte- ni siquiera se puede acceder. Una tranquera cerrada con candado impide continuar por el camino que llevaría a la estación. Y la de Francisco Berra -en el mismo distrito comunal-, está ocupada por un grupo familiar. El paraje es un símbolo de estos pueblos olvidados: hay un jardín de infantes con cinco alumnos, una escuela primaria con veinte chicos, varios criaderos de pollos y el olor insoportable al que se ha ido acostumbrando la gente, el de los extendidos y rendidores feedlots.

Lo que continúa hacia Azul es la postal del olvido. Carlos Beguerie, Santiago Larre, La Reforma, J. Blaquier, El Trigo, Estrugamou (Velloso, con la ex estación funcionando como jardín de infantes es la excepción), Covello, Pascual Campodónico y Ariel son restos de la época del apogeo.

UN PUEBLO ARRASADO

Emblema del desarraigo, Beguerie es el pueblo que más representa el ocaso del esplendor. Con trescientos habitantes, a 27 kilómetros de Roque Pérez, la cabecera del partido, el tren parece haberse llevado todo del pequeño centro urbano fundado el 4 de agosto de 1912, a poco que haberse habilitado el ramal que allí se transformaba en empalme hacia Azul, Olavarría y Mirapampa y dónde no sólo había una estación de intenso movimiento sino también un taller de reparaciones de máquinas y vagones.

Donde había un cine, tres bares, un hotel, Registro Civil y numerosos comercios sólo quedan una planta metalúrgica que emplea a 20 trabajadores, una fábrica de cemento con 10 operarios y un predio donde se cumple con la vacunación de los pollos de las granjas, la actividad agrícola que más se ha desarrollado.

Verónica Rossi, de 24 años, repite la historia mil veces contada por sus mayores. La joven es empleada de la Cooperativa Eléctrica "Antonio Carboni", conocida por los vecinos como "la CEAC", donde se cobra la factura de luz, el servicio de TV por cable y las 25 conexiones a internet que existen en el pueblo. "Dicen que en Beguerie había de todo, hasta médico; ahora viene un médico de Roque Pérez que atiende dos veces por semana en la sala de primeros auxilios. Acá, cuando dejó de llegar el tren, mucha gente se fue y no volvió más", dice y basta con recorrer la diminuta localidad para confirmarlo: hay una enorme cantidad de casas abandonadas, muy antiguas algunas y un poco más modernas otras, pero todas a punto de venirse abajo.

Adalberto Loggia, dueño del único almacén de El Trigo -partido de Las Flores- no puede sintetizar mejor el presente de esos pueblos: "cuando dejó de venir el tren, todo esto se murió".

Fuente: http://www.eldia.com.ar/edis/20100725/revistadomingo0.htm